Abril 2018

Demasiado poco podemos contaros de Mali, muy, muy a nuestro pesar.
Teníamos unas ganas locas de conocer este país, de recorrerlo entero. Es una pena que la situación que en él se vive en estos momentos sea tan tremendamente mala. El norte del país está impracticable después de varios atentados por la zona de Mopti hace pocos días y en Bamako hará un par de meses. Se desaconseja visitar el País Dogon y está prohibido llegar hasta Tombuctú. Verdaderamente triste.
Cruzamos la frontera con Mauritania por Gogui llevando con nosotros el visado que nos hicimos en Nuakchot. Creíamos que eso nos facilitaría las cosas, pero nada más lejos de la realidad :). Ya en el primer puesto de policía intentaron cobrarnos una tasa por haber llegado en domingo. Tasa que se sacaron de la chistera y que, lógicamente, peleamos hasta evitar pagarla ¡menudos somos! A cansinos creemos que no nos gana nadie y finalmente nos dejaron pasar por el aburrimiento de ver que no iban a rascar nada.

A todo esto, un dato importante: nuestro viejito LandCruiser se venía quejando desde Mauritania por un problema en la dirección. Más bien un problemón. Vamos, que la dirección estaba rota. En el último tramo de Mauritania no pudimos repararlo así que nuestra esperanza era llegar a Bamako y allí llevarlo al mecánico.
Pues bien, sin perder de vista este hecho, que nos preocupaba bastante, tuvimos que recorrer los 500 km de socavones y baches hasta la capital sin apenas hacer paradas e intentar evitar, de esta manera, que se nos hiciera de noche por el camino.
Nos deteníamos únicamente en los controles policiales y aprovechábamos para echarle aceite al coche ya que la dirección iba francamente dura.
Recordamos el trayecto con un poco de tristeza. Nos estaba encantando todo lo que veíamos a nuestro alrededor, nos apetecía ir despacio para poder disfrutarlo, meternos por alguna pista y perdernos hasta llegar a alguna aldea, charlar con la gente o simplemente sentarnos relajados a comer en algún chiringuito.
Debido a la prisa que llevábamos, nada de eso fue posible, así que nos quedamos con las ganas. Dichosa prisa…Justo de ella huíamos, en cierta forma, desde que empezamos el viaje, así que podéis intuir nuestro estado de ánimo…


Llegamos a Bamako tarde, muy tarde y muy de noche. El sobreesfuerzo de conducir un tramo tan largo y pesado nos había dejado hechos polvo.
Nos habían aconsejado dormir en el hotel Sleeping Camel, así que ni siquiera buscamos otra opción. Cuando entramos por la puerta, destrozados, y nos vieron las caras, claramente entendieron que necesitábamos una cerveza bien fría.
El hotel es un remanso de paz en medio de la jungla. Está atrincherado en la zona de las embajadas, repleta de militares y vigilantes armados, paseantes de la ONU o excombatientes americanos que desactivan bombas en el norte del país (…). Algunos de ellos se reúnen en el hotel para beber cerveza, o acabar con el whisky, entre misión y misión; y otros, mayoritariamente overlanders, van a petar a este lugar en busca de un poco de descanso y buena comida.
Nosotros tuvimos la suerte de coincidir con un concierto privado del gran Vieux Farka Touré, una eminencia tocando la guitarra y súper conocido en el país. Fue una noche muy divertida, con africanos arrancándose a bailar y a darlo todo al ritmo de la música.
A todo esto, que no os lo hemos explicado, a la mañana siguiente de llegar dejamos el coche en el taller mecánico de un conocido y, casi sin darnos cuenta, ya nos estaban llamando para avisarnos que lo habían arreglado.
Recogimos el coche y, el día siguiente del concierto, decidimos tirar millas en dirección a Costa de Marfil, donde nos esperaba un conocido (ya amigo del todo) de Valencia, apasionado del lugar, para compartir algunos días con nosotros y recorrer juntos el país. Así que, sintiéndolo en el alma, era hora de despedirnos de Mali.
Mali es un país increíble. Es África negra pura, con sus pequeñas aldeas y su gente amable y sonriente; su sabana con Baobabs, el ganado pastando a sus anchas, el río Níger dándole vida, las mujeres conjuntadas de arriba abajo, la explosión de color en sus calles, la fruta… Todo, todo vale la pena del país.
Ojalá se arregle la situación cuanto antes, ojalá dejen a los malienses en paz, que puedan vivir tranquilos y sin temor. Ojalá podamos volver a visitarlo para sentir Mali desde bien adentro.
Sin duda alguna, nuestra espinita clavada.

Rift Valley Expeditions.

 

 

Tren SNIM

Aridez, hospitalidad, sorpresa.

Atravesar el Sáhara Occidental y entrar en Mauritania por carretera fue una especie de aventura apoteósica. Una vez cruzado el último de los cincuenta mil controles de Marruecos, nos encontramos con “No man’s land”, un territorio entre fronteras que no pertenece a nadie, a ningún país y en el que preferimos no pensar qué pasaría si el coche sufriera algún desperfecto justo en ese tramo. Son unos 2 km de pista sobre terreno de piedra y arena de unos 100 metros de ancho, donde nos cruzamos con algún coche y un camión que había contratado a un par de “guías buscavidas” para que le indicasen a pie, cómo y por dónde atravesar con el camión con el fin de que éste no volcase.  Para que os hagáis una idea del surrealismo del sitio, imaginaos el decorado de la escena: 40 grados con un sol radiante, la ya mencionada pista sobre piedra y arena del Sáhara, sus límites trazados mediante fitas de rocas y algún viejo neumático hecho añicos, decenas de esqueletos de vehículos varios, que allí se quedaron.. antiguos y nuevos, sin motor, sin asientos, algunos quemados, otros ya parcialmente comidos por la arena… y parte de terreno minado alrededor… Sería, sin lugar a dudas, el escenario perfecto para una película de Mad Max.
Cuando llegas a la aduana de Mauritania es cuando te das cuenta de que ahí empieza África. Es un lugar inhóspito, lleno de vende motos de turno, impacientes esperas en cada uno de los puestos policiales… Lo bueno es que, en cuanto ven Barcelona en el pasaporte, se les cambia la cara y empiezan a gritar Força Barça! O Messi, Messi! Es curioso lo que puede llegar a unir el fútbol y de qué manera agiliza y, en cierto modo, ameniza las esperas (menos mal que a los dos nos gusta el fútbol y somos MUY del Barça).
Ya sabíamos más o menos lo que nos podíamos encontrar en los pasos fronterizos, pero nos fue genial seguir los consejillos de bonobos on route!! Que tienen toda la info de la ruta súper completa y detallada. ¡Gracias chicos!

Ya en territorio Mauritano, nuestra idea era cruzar el país en 3-4 días y llegar pronto a Mali. A 40 km de la frontera, en una península partida entre Sahara Occidental y Mauritania, existe un  lugar llamado Nuadibú donde Pep, un expatriado catalán del que nos habían hablado mucho, tiene un restaurante de comida mediterránea desde hace unos 10 años (y viviendo en África un total de 25, ¡realmente un superviviente!) . Y pusimos rumbo a ese lugar un poco (¡un mucho!) picados por la curiosidad de conocerle.
Durante esos 40 km, el desierto se comía el asfalto y una excavadora intentaba mantener los límites de los que la naturaleza no entiende.
La primera sensación que tuvimos de Nuadibú, fue la de aridez extrema. Calor, mucho calor, sequedad absoluta y prácticamente nada de vegetación; las normas de circulación allí dejaban de existir, los coches giraban donde les apetecía y sin orden alguno. Vacas, cabras, burros en el asfalto a veces rumiando un trozo de trapo entre los escombros… sinceramente, nos sentimos desolados…Pero al llegar al Nómada, que es el nombre con el que ha bautizado el restaurante, bajo descripción de “cuina mediterrània”, nos encontramos a Pep, que, al momento, nos ofreció ¡una birra! ¿Cómo? En República Islámica de Mauritania? Y de golpe, nos sentimos un poquito mejor. No solo por la cerveza, sino porque nos preparó una mariscada increíble (con pescado y marisco de primerísima calidad) y nos puso el partido del Barça en la TV… Casi como en casa 🙂
Pep nos recibió con los brazos abiertos, de una manera inesperada, nos acogió en su casa, con su familia, y nos preparó una habitación para que estuviéramos cómodos durante los días que pasamos en Nuadibú. Nosotros, encantados de la vida, nos adaptamos por completo a su rutina diaria: fuimos al mercado a comprar carne, escoger las verduras y las frutas, al chino Hong Kong a comprar bebida… Hubo tiempo también para hacer algo de turismo por la zona, así que nos llevó a visitar el puerto artesanal o al club de pesca donde hicimos la minuciosa ceremonia de los 3 tés mauritanos, que consiste en un primer té más amargo “como la vida”, un segundo té “dulce como el amor” y el tercero y último “suave como la muerte”


Nómada es, además, un punto de reunión de trabajadores extranjeros y nativos, mauritanos, canarios, gallegos, saharauis, marroquíes, malienses, turcos… pescadores, capitanes de barco, montadores de frigoríficos industriales, guardias civiles, y algunos pocos viajeros que, como nosotros, trazaban la Transafricana, o estaban de paso para llegar a Senegal o Gambia… Tuvimos la suerte que, por unos días, la Armada Naval Española amarró para hacer un descanso en el puerto de Nuadibú. Llegaron al Nómada también un poco por casualidad y acabamos compartiendo un par de tardes improvisadas de aventuras! Entre ellas la de ir a Cap Blanc, situado en la punta de la península, y visitar su playa y su faro. Para llegar allí hay que atravesar una zona de desierto, cruzar la vía del tren de hierro (dicen el más largo del mundo) y buscar el camino que el desierto borra día sí, día también. A pesar que uno de los coches se quedó encallado en la arena en más de una ocasión, ¡valió mucho la pena!
Pasados unos doce días y con gran pena sobre nosotros, decidimos proseguir con nuestra ruta hacia el sur de África y dejamos a Pep, familia y amigos para ir hacia Nuakchot, la capital del país.
No fuimos directamente allí, sino que hicimos parada previa en el Parc Nacional de Banc d’Arguin, una bonita reserva de aves, algunas de ellas migratorias, que usan el parque como descanso en sus travesías África-Europa.
Para llegar a la zona donde queríamos dormir, teníamos que atravesar literalmente el desierto, así que ubicamos el camping en el GPS, nos cargamos de provisiones de gasoil, agua y comida y nos pusimos en marcha. La verdad es que hubo momentos de todo, porque no hay absolutamente ninguna indicación, ni cartel, ni fita, que señale el camino. Simplemente el GPS marcando los puntos cardinales y nuestra intuición. Conseguir llegar al campamento antes de que anocheciera fue realmente un subidón! Esa noche dormimos taaaan bien en nuestra tienda en frente del mar!!! 🙂
(Con esta imagen os haréis una idea de lo que os hablamos. Habían algunas trazas de vehículos, que al principio intentamos seguir, pero más adelante se separaban, se juntaban, desaparecían y reaparecían…¡Una locura!).

A la mañana siguiente, nos desperezamos bien y continuamos el camino por la costa. Nos sorprendió positivamente, tenemos que confesar. Encontramos pueblecitos de pescadores con gente súper amable y simpática. Estuvimos un rato con un grupito que estaban tocando una especie de guitarra hecha con una sola cuerda, muy curiosa. Intentamos tocarla como ellos, pero el resultado fue realmente bochornoso… :). Nos reímos, eso sí.
De vuelta a la ruta, volvimos a encontrarnos en la misma situación que cuando vinimos… ni rastro de pista. Tiramos de GPS y de intuición, otra vez, y nos plantamos en medio de unas dunas enormes, que se suponía que teníamos que cruzar para llegar a la carretera principal… Menudo lío! Por suerte, encontramos un camino alternativo, un poco menos difícil, que nos dejó en el asfalto de nuevo en dirección a la ciudad.

 

De Nuakchot poco podemos contaros. Ya sabéis que escapamos del bullicio de las capitales, pero podemos confirmaros que la impresión que tuvimos no fue especialmente buena. Vimos mucha, mucha miseria. Mucha gente pidiendo en los semáforos, personas que llegaron a la gran ciudad en busca de una oportunidad pero no la consiguieron, demasiadas miradas desconfiadas… no nos sentimos del todo cómodos. Coincidimos, eso es cierto, con un chico catalán y su mujer belga que nos abrieron las puertas de su casa y nos dieron un par de consejitos. Buena gente con la que compartimos una paella en el Instituto Francés (regentado por otro catalán, Toni, también un superviviente) y donde conocimos a un chico Gallego que vivía allí desde hacía un tiempo por temas de trabajo. Eso a la hora de comer, y a la de cenar, compartimos mesa con otro chico español con el que tuvimos una buena charla y resultó que había conocido en Senegal a unos catalanes que nos encontramos en Nuadibú unos días antes. Divertidas casualidades.
Como solemos hacer en todas las ciudades o pueblos de mar, aprovechamos la oportunidad para ir a conocer el puerto pesquero, y no nos defraudó en absoluto. Llegamos sobre las 17h de la tarde y el trajín era frenético. Barcas que llegaban cargadas con la pesca del día, chicos descargando el género y cargándolo en viejos pick-ups corroídos del agua de mar, burros hasta arriba corriendo de un lado a otro, gente en el suelo rezando, mujeres cocinando allí en medio del caos, chicos recogiendo el pescado que se caía de las cestas, hombres despellejándolo y cortándolo a cachos en el mercado, compradores de pescado …todo abarrotado de gente y más gente.

Salimos de Nuakchot para dirigirnos al último pueblo Mauritano antes de llegar a la frontera con Mali. Allí descansaríamos  con la intención de madrugar al día siguiente e intentar llegar a Bamako en el mismo día. La carretera que une Nuakchot con Ayún el Atrous es mala, con agujeros, baches, arena… lo que veníamos viendo hasta ahora, vaya. Pero algo nos impactó muchísimo: el olor pestilente que nos perseguía durante el camino. A ambos lados de la carretera yacían cadáveres de ganado y camellos que habían sido atropellados por alguno de los pesados camiones que circulan a diario por esa carretera. Era un olor insoportable.

Nos quedamos con las ganas de explorar más a fondo la zona de Ayún el Atrous; encontramos allí una zona de mesetas que bien merecían ser visitadas. Lástima que el tiempo apremiaba para llegar a Mali.

Quizás en otra ocasión, seguro que con Rift Valley Expeditions.

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Drone Marocco

No es la primera vez que visitamos Marruecos, pero aún y así no nos ha dejado indiferentes. Tiene algo que te cautiva, algo que te engancha. Quizá sea su gente, siempre atentos, siempre con ganas de ayudarte (en ocasiones a cambio de algún Dírham), siempre regalándonos una sonrisa. Quizá la comida, esa mezcla de especias, de sabores, de olores. Quizá sea su diversidad de paisajes o sus ciudades imperiales. O todo al mismo tiempo, quien sabe.

Cruzamos desde Algeciras con un fuerte temporal de mar. Pasar la frontera una vez desembarcamos en Ceuta fue bastante fácil, todo muy lento y desordenado, como era de esperar, pero sin ningún problema.

Pusimos rumbo, entonces, a nuestro primer destino (y primera gran sorpresa): Chef Chaouen.

Ninguno de los dos habíamos estado allí antes, así que descubrimos juntos este precioso pueblo al norte del país. Nada más llegar, nos invadió el verde increíble de las montañas, un verde casi fosforito, avivado gracias a las fuertes lluvias de los últimos días. Y la de los siguientes, porque otra cosa no, pero agua hemos visto prácticamente todos los días desde que llegamos a Marruecos.

El mal tiempo nos tenía un poco agobiados, no podíamos disfrutar del sitio como nos gusta a nosotros, recorriendo sus calles. Vaya, podíamos, pero la lluvia nos calaba enteros. Lo bueno es que nos dio la oportunidad de conocer a fondo una parte muy importante de la rutina de la gente del pueblo. Nos sentábamos por la mañana a tomar un buen té a la menta en una terraza viendo pasar las horas, contemplando la marea de gente que iba y venía, los burros cargados, los vendedores de paraguas, los gatos ronroneando en busca de comida, los grupos de turistas japoneses cámara en mano, hombres entrando y saliendo de la mezquita… La verdad es que fue interesante. Y divertido. Lo supimos disfrutar con una calma bastante atípica en nosotros. Esto pintaba bien!

Y entonces, salió el sol. Y con él, brilló el azul hasta en el último rincón del pueblo. Azules, mejor dicho. Las calles vestían de todas y cada una de las tonalidades de este precioso color.

Chaouen tiene esa autenticidad especial de un pueblo que todavía no ha sido invadido por el turismo. Cada vez hay más gente que lo visita, eso es cierto, pero no es como en Marrakech o Fez, que no puedes andar dos pasos sin encontrarte un guía liderando a un grupo de turistas con el paraguas alzado. En Chaouen es diferente, el ritmo es distinto, y perderte por sus calles, descubrir todos sus recovecos, charlar con su gente…es realmente un regalo.

Después de 4 días conociendo el pueblo y sus alrededores, nos pusimos en marcha dirección Fez, la primera ciudad Imperial en nuestra ruta.

Tenemos que reconocer que dejar la paz de Chaouen y meternos de lleno en la medina de Fez nos resultó un poco estresante. Estrés hasta el cabreo máximo. Suerte que jugaba ese día el Barça y pudimos sentarnos relajados en una cafetería a ver cómo ganaban. Las victorias siempre nos arreglan un poco el día, ya ves tú qué chorrada, pero realmente nos sentó bien parar y ver algo conocido en la pantalla.

Después de eso, nos dejamos seducir por los encantos de la ciudad. Recorrimos sus callejuelas, atravesamos los zocos, comimos tajine de ciruelas y almendras, nos relajamos tomando té a la menta… Por aquí todavía hay zonas “auténticas” entre tanta masificación, algo muy difícil de mantener a día de hoy.  Fez es muy bonita, mucho, pero realmente hemos notado un aumento del turismo preocupante y es complicado dar un paso sin que algún tendero te aceche, o sin que te avasallen en los restaurantes para que entres a comer.

Aprovechamos la estancia en la ciudad para dejar el coche en el mecánico, cosa que os recomendamos si tenéis la necesitad de alguna reparación o una puesta a punto a buen precio, os podemos pasar contacto del taller, escribidnos para el contacto!

De allí hicimos una pequeña incursion a la otra ciudad imperial; Meknés y sus restos romanos Volubilis, a unos 20km. Ambos lugares se pueden visitar en unos 3 días, Meknés como ciudad conserva la tranquilidad de no estar alterada por el turismo, y pasear por su mercado y su zoco con sus ciudadanos que ayudan cuando te ven perdido entre las estrechas callejuelas con cara de: ¿y ahora hacia dónde vamos?

Volubilis fue uno de los principales asentamientos romanos que gobernaron las tierras de Marruecos cuando no se llamaban ni Marruecos. Si te interesa la historia romana, por poco que sea, vale la pena hacer la escapada y ver el entorno de Volubilis y la propia ciudad y, como siempre ocurre en estos sitios, transportarnos por unos segundos a ese lugar, en aquella época… El arco del triunfo muy bien conservado,  los baños de suelos llenos de mosaicos, las columnas del templo, la puerta de Tanger…

De Meknes viajamos un largo día a través de las montañas dirección Tinerhir. El paisaje, si os gusta el territorio de alta montaña, es espectacular: pequeñas aldeas, fauna, lagos, ríos, e incluso restos de nieve… nos gustó en especial ya que, salvando las distancias, tiene un pequeño parecido a Nepal.

En Tinerhir dormimos en el Hotel Tumbuctú propidad de Roger Mimó, autor de varias guías y mapas de Marruecos y además antiguo vecino de nuestra localidad. Después de un rato charlando con él, le pedimos consejo de experto sobre rutas para hacer por la zona, y, acertadamente, nos recomendó recorrer la pista que conecta por arriba las Gargantas del Todra y las Gargantas del Dades, una pista para hacer en 4×4 y no indicada para cualquiera. Podéis contactar con Roger sin problema, consultarle actividades a hacer o pedirle recomendaciones, seguro que os da algún buen consejo.

Volviendo a la ruta, simplemente nos encantó! Tiene una belleza extraordinaria y, además, es el paraíso para los escaladores! La pista nos lleva por los dos cañones y nos hace subir hasta unos 2000m de altura, en ocasiones transcurre por el mismo caudal del río seco, impresionante! os dejamos alguna foto para que podáis haceros una idea.

Y de pista entre gargantas a carretera de curvas entre montañas en dirección a Marrakech.

Lo cierto es que se nos hizo un poco fatigoso este trayecto. A pesar de que el paisaje era realmente bonito, entre montañas y con vistas al Toubkal, creo que nos encontramos a todos los autobuses y a todas las caravanas de franceses a nuestro camino. A Todos.

Llegamos a Marrakech sabiendo lo que nos íbamos a encontrar, no era nuestra primera visita (esta vez sí puede que la última, aunque nunca se sabe…) así que intentamos cargarnos de paciencia para que no nos agobiaran en exceso. Por ese mismo motivo, buscamos un Riad fuera de la Medina y a unos 10 minutos de la plaza Djemaa El Fna, la más popular de Marrakech. Los nervios nos vencieron un poco al encontrarnos en medio del barullo, con todos los coches pitando, la gente cruzando sin mirar, el gps que nos metía en una calle contra dirección, los niños pidiendo dinero para aparcar el coche en ese trozo de calle… un follón.

Pero llegamos al Riad Rose du Desert y la sonrisa de los chicos en la recepción nos devolvió la fe en la ciudad.

Nos relajamos un rato en la habitación hasta que estuvimos listos para salir a la calle.

Y os preguntaréis…si tanto os agobian las multitudes y ya sabéis cómo es Marrakech, ¿para qué narices volvéis? Buena pregunta. Los dos queríamos evitar pisarla, sabíamos que no era lo que buscábamos en nuestro viaje, pero lo cierto es que no puedes plantearte una travesía por Marruecos sin visitar su ciudad estrella, Marrakech es ineludible.

 

Eso sí, como ya la conocíamos, nos lo tomamos con la calma perfecta de los que no tienen prisa por verla ni por encontrar esa ganga de piel en alguna de sus tiendas del zoko. Nos pasamos los dos días caminando tranquilamente por la Medina, haciendo fotos, charlando con los artesanos del zoko, bebiendo zumo en alguna terraza, impregnados del olor a mezcla de especias y a piel curtida… sin prisas, sin agobios, Marrakech es genial.

Repusimos fuerzas y otra vez a la carretera, cruzando los últimos kilómetros de Marruecos para llegar al Sahara Occidental. Y de allí, a Mauritania. Os lo explicamos en nuestro próximo post, NO OS LO PERDÁIS 🙂 🙂

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Gracias Rift Valley por vuestro soporte!

 

 

Después de mucho esperar (¡demasiado!), por fin estamos en ruta.

Es lo que tiene emprender un gran viaje con un coche viejo… los imprevistos mecánicos nos han ido acechando día tras día, a veces poniendo a prueba nuestra paciencia y otras veces, dándonos un poco más de tiempo para asimilar todo lo que nos venía encima.

Ha sido como estar montados en una montaña rusa.

Parároslo a pensar, el tema es fuerte. Hemos dejado en pausa nuestra vida cómoda en Barcelona, nuestros amigos, familias, trabajos… para embarcarnos en la aventura de nuestras vidas.
Dicho así, suponemos que suena un poco arriesgado, pero la verdad es que nosotros lo estamos viviendo como un regalo.

Hasta el momento, todo el mundo se ha volcado en nosotros de manera increíble y eso nos ha cargado las pilas día tras día.

Desde nuestras familias que, a pesar de la pena lógica de estar un tiempo sin vernos, han entendido nuestros motivos y han respetado al máximo nuestra decisión, hasta nuestros amigos, que nos han ayudado en absolutamente todo lo que hemos necesitado. Qué afortunados nos sentimos y qué agradecidos estamos.

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Entre ellos, la familia de Rift Valley Expeditions ha visto en nosotros algo especial y ha querido aportar su granito de arena al proyecto de Travellingdworld.

Algunos de vosotros ya les conocéis, pero para los que no, Rift Valley es una agencia de viajes especializada en el continente africano. La verdad es que son muy buenos, tienen un conocimiento increíble de África y una capacidad brutal de transmitirte su pasión por todos los destinos que ofrecen. Nosotros viajamos con ellos en dos ocasiones, a Etiopía y a Uganda. Y, a pesar de estar acostumbrados a viajar siempre por libre, os podemos decir que la experiencia con ellos fue realmente sorprendente. Víctor ya había viajado a algún país africano por su cuenta, pero yo era una novata, así que preferí ir más tranquila con alguien que conociera el destino. Les escogimos para nuestras grandes incursiones a África negra porque no ofrecían el típico viaje en grupo que organizan las agencias de viaje corrientes, sino que nos crearon una experiencia a medida, y, sinceramente, mereció la pena.

Nos transmitieron tanto esos viajes que, desde el primer instante, tuvimos claro que queríamos compartir el proyecto TravellingDdworld con ellos y hacerles partícipes de nuestras experiencias y vivencias en su querida tierra africana.

Nos irán siguiendo la pista, al igual que esperamos que lo hagáis vosotros :)

En breve, la entrada de nuestra primera parada en África: Marruecos, ¡allá vamos!

mujer en Tiebelé, Burkina Faso

Nuestro paso por Burkina Faso fue corto, pero nos sentó de maravilla. Nosotros íbamos con prisa y no pudimos dedicarle todo el tiempo que se merece, pero los días que invertimos los disfrutamos mucho.
La gente es encantadora y su paisaje precioso, en más de una ocasión nos dejó con la boca abierta.

Si estáis pensando en pisar África por primera vez, éste un destino recomendable al 100%.

Aquí os dejamos nuestras mejores experiencias en Burkina Faso, un país que os aconsejamos mucho!

1. NIANSONGONI, EL LEGADO TROGLODITA

Cuando llegamos a Niansongoni, la gente se extrañó un poco al vernos. Al parecer, hacía algún tiempo que no recibían turistas. Niansongoni está tocando la frontera con Mali, los separan unos pocos kilómetros, quizá sea esa una de las razones por las que esta zona de Burkina ha quedado en cierta manera olvidada.

Precisamente de esto hablamos luego con el guía que nos acompañó en el trekking hasta los restos del antiguo poblado. Se mostraba preocupado porque los turistas habían dejado de visitarlos y ellos se habían tenido que buscar la vida en otros sectores, generalmente en el campo, para poder ganar algo de dinero. Esto pasa de forma recurrente en los últimos países que hemos visitado. Ahora mismo no pueden vivir del turismo; lo intentan, pero ni sus propios gobiernos mueven un dedo para su desarrollo.

Llegamos a la cima después de 45 minutos de caminata (y de charla). Nos acompañaron durante todo el camino unas vistas increíbles de la sabana del Sahel que bien merecieron más de un parón para admirarlas. Los restos del pueblo troglodita asomaban debajo de una enorme cornisa.
Las viviendas y las cuevas trogloditas están conservadas asombrosamente bien. Graneros y vasijas de barro perfectamente decorados por todos lados, restos de utensilios de cocina, piedras donde se machacaba el grano…
Estuvimos un buen rato recorriendo cada esquina e investigando cada rincón, metiendo la cabeza por las ventanas de los graneros y las “neveras”, imaginándonos cómo sería vivir allí arriba en aquella época…

El guía se reía con nuestras caras de sorpresa y lo mejor es que no parecía tener prisa por bajar. ¡Nosotros menos!

Éste fue el refugio de la etnia Wara, habitaron aquí para protegerse de las guerras tribales hasta 1980, año en que lo abandonaron para establecerse en la llanura.

Empezamos a bajar antes de que se hiciera noche cerrada. La bajada fue más rápida y llegamos justo antes de que cayera el tormentón.
Pasamos el rato charlando con el guía, con la gente del campamento y con un par de espontáneos del pueblo, que llevaban alguna cervecita de más encima, tratando de arreglar el mundo entre todos.
Esa noche también tuvimos la visita de una tarántula enorme y peluda que fue el centro de atención por un buen rato.  Estuvo correteando alrededor de nuestras mesas hasta que se cansó y se perdió en la oscuridad.


2. ALDEAS TRADICIONALES.

A la mañana siguiente, nos despertamos bien temprano y nos decidimos a explorar la zona. Recorrimos las aldeas de alrededor en las que gobernaban las casas de barro, y techos hechos de ramas, y disfrutamos de la hospitalidad de la gente.
Pudimos compartir la mañana con las mujeres, que molían el maíz mientras nos hablaban y se reían a carcajadas, con los hombres, que descansaban a la sombra (…), y jugar con las decenas de niños que aparecían por todos lados y que se escondían cada vez que sacabamos el drone a volar. Nos pareció una zona muy auténtica, muy acogedora.

mujer en bici

Mujer en bici, Burkina Faso.

 

Llegamos a una aldea vacía, sin una alma en la calle, tremendamente inusual en África. Algo pasaba. Aparecieron de la nada unas señoras, ataviadas con un montón de colores, que pronto nos rodearon. Estaban rebosantes de alegría, no paraban de pedirnos fotos y de reírse divertidas. Momentazo.
Resultó que, sin saberlo, estábamos asistiendo a una boda.
Nos pareció muy curioso ver lo diferente que era esta celebración de lo que estamos acostumbrados en casa. La novia se iba arrastrando triste, bajo un paraguas, rodeada por las mujeres del poblado. Nos contaron un par de versiones distintas que justificaban la cara agria de la futura esposa; nosotros creemos que, por desgracia, se trataba de uno de tantos matrimonios “forzados” que se estilan demasiado en las zonas más tradicionales de África.
Ajenas (o no) a la tristeza de la novia, el resto de mujeres saltaban, bailaban y cantaban contentas y felices por el enlace. Todas de punta en blanco, eso sí que es universal.

 

3. PAISAJES SINGULARES ENTRE CAÑA DE AZÚCAR Y BOSQUE TROPICAL

Sin duda, a nivel paisajístico, Burkina Faso estaba resultando diferente a lo que habíamos visto hasta el momento y nos estaba sorprendiendo para bien.
De camino a Banfora, entre bosques tropicales nos encontramos de repente con los Picos de Sindou. Una maravilla de esculturas rocosas, erosionadas por la naturaleza y el paso de los años. Nos quedamos un rato con la boca abierta admirando la peculiaridad de estas formas, que, salvando las distancias, nos recordaron a nuestra vecina Montserrat y nos entró un poquito de morriña…

 

En Banfora no estuvimos mucho tiempo, en sí la ciudad no tiene nada, pero encontramos un pequeño oasis llamado Hotel Canne a Sucre en el que nos relajamos y cogimos fuerzas para seguir el camino. Lo mejor, sin duda, fue descubrir cerca de allí un chiringuito en el que vendían bocadillos de aguacate y cebolla, una delicia que nos supo a gloria y nos hizo felices más de un día.
Desde Banfora se puede llegar al lago Tengrela y recorrerlo en barca, dicen que es una zona muy bonita, pero nosotros optamos por ir directamente a les Domes de Fabedogou, que nos venían de paso para llegar a Bobo Dioulasso.
Al llegar y salir del coche, nos vimos rodeados por un montón de curiosas formaciones de piedra caliza y flipamos. Tal cual.
Nuestra idea era acampar allí ya que es un sitio ideal para pasar la noche, pero el tiempo tampoco acompañaba mucho y, finalmente, decidimos seguir la ruta hasta Bobo.


4. BOBO DIOULASSO Y SU GENTE AMABLE

A nosotros cada vez nos van menos las grandes ciudades, así que no veréis un gran reportaje fotográfico de Bobo Dioulasso.
A pesar de que no es como Ouagadougou, al llegar ya notamos el barullo y la contaminación por todos lados.
Pero Bobo tiene un algo especial. Es cierto eso que dicen de que allí la música te envuelve, la escuchas y te la encuentras por todos lados.
Aprovechamos para ir a un concierto de un grupo local muy divertido en el centro cultural Les Bambous, consejo de un chico que conocimos en Le Zion (un alojamiento sencillito pero muy recomendable a las afueras del centro). Pasamos un muy buen rato y conocimos a un montón de expatriados, básicamente franceses, que estaban allí mayoritariamente en proyectos solidarios.
De camino al hostal, nos encontramos un montón de gente por la calle, unos cantando, otros tocando el balafón allí en medio y una chica bailando al son de la música como en estado de trance …  Muy curioso todo 🙂
La mezquita sudanesa, fabricada en adobe, también merece una visita, está bien entrar, recorrer sus pasillos y subir al tejado desde el cual tienes unas bonitas vistas del barrio viejo, que es bastante interesante. En sí toda la ciudad lo es, tiene un rollo distinto. Debe de ser por la música.


5. TRADICIONES QUE NO SE PIERDEN. FUNERAL Y MÁSCARAS SAGRADAS

Otra de las experiencias que nos encantó de nuestra fugaz visita a Burkina fue la oportunidad de asistir a un funeral en un pueblito al interior del país. Más bien era una celebración, ya que se dice que la muerte de un anciano forma parte de la propia vida, una etapa más, y que no vale estar triste por ello. Había que estar alegre y rememorar el paso de esta persona por la vida.
Así que nos contagiamos de la alegría y nos animamos a celebrar la vida de los ancianos que se habían marchado recientemente.
Era un día especial, todo el mundo se vestía con sus mejores galas y las mujeres repartían la comida, que llevaban cocinando desde primera hora del a mañana, entre todos los asistentes mientras aguardaban la llegada de las máscaras.
Compartimos comida con los jóvenes de la aldea, y cada vez que veían el plato vacío, nos lo rellenaban con más. Creo que comimos unas 5 veces por apuro a decir que estábamos llenos.

 

Cuando llegó la hora, todos se reunieron en círculo debajo del gran árbol del pueblo y empezaron a jalear y a dar palmas ante la aparición de las máscaras.

Cómo explicarlo. Fue muy emocionante ver ese espectáculo tan auténtico. Vimos la ilusión y la fe en las caras de esa gente, que admiraban, respetaban y adoraban a las máscaras como algo sagrado.

Había unas 17 personas corriendo en medio del círculo, ataviadas con unos estrambóticos trajes hechos como de paja y una máscara que representaba un animal. Todos bailaban acorde al animal que vestían. Unos bailes rudos, alocados, enérgicos que, decían, conseguían ahuyentar a los malos espíritus.

No pudimos hacer muchas fotos de la ceremonia ya que era un momento muy íntimo para ellos, pero os podemos decir que fue brutal, mágico. Toda una suerte haberlo podido presenciar y, sobretodo, haberlo hecho en este entorno tan “familiar”.

Ceremonia con Máscaras en una aldea de Burkina Faso

Ceremonia con Máscaras en una aldea de Burkina Faso

 

6. PÔ, TIEBELÉ Y EL ARTE EN LAS CASAS

De camino a Tiebelé, hicimos parada técnica en Pô, una pequeña ciudad al sur de la capital burkinabé que en sí no tiene nada de nada. Bueno sí, tiene algo muy especial (en realidad todo el país) su gente. Nos alojamos en un pequeño (no sé si llamarlo) hostal también a las afueras del “centro”. Dejamos el coche y salimos a dar una vuelta de reconocimiento.
Justo saliendo del alojamiento había una pandilla de niños jugando a pelota en un campo de fútbol improvisado, entre pollos y gallinas y montones de basura alrededor. Pararon al vernos y se meaban de la risa a nuestra costa, pero luego se acercaron y pudimos pasar un rato divertido con ellos.
Y, ya se sabe, después del deporte, toca echar la cervecita… Seguimos caminando y nos encontramos otro barullo de gente un tanto “alegre” gritando y riéndose por la calle. Al vernos, empezaron a saludarnos eufóricos y nos invitaron a unirnos a ellos. Resultó ser el “bar” del barrio, pa’ no perdérselo!
Y fue allí dónde nos ofrecieron la mejor cerveza de mijo y miel que habíamos probado hasta el momento. Servidas en recipientes hechos de calabazas y con alguna mosca revoloteando, pero sabrosa y dulce como ninguna.
Esa fue una gran tarde.

 

El pequeño pueblo de Tiebelé es territorio de los Kassena, una de las etnias del grupo Gurunsi, de las más antiguas de Burkina Faso.
Todo él es una obra de arte. Las casas están hechas de adobe y sus fachadas son decoradas a mano por las mujeres de la comunidad. Preciosas de verdad.
Cada casa es distinta, cuanto más importante es la familia, más decorada está la fachada, menos ventanas tiene y más pequeña es la puerta de acceso. Se dice que de esta manera se le otorga mayor protección a la familia que la habita…
De nuevo éramos los únicos turistas, así que recorrimos sus callejuelas laberínticas de la mano de nuestro guía, en la más completa intimidad.
La visita merece la pena, el guía local nos enseñó todos los rincones, nos explicó el significado de los símbolos de las paredes y nos dejó tiempo para hacer fotos sin prisas, nos invitó a entrar en su casa e incluso nos propuso quedarnos a dormir allí con la tienda de campaña en el tejado… Pues no era mal plan…

Rift Valley-Expeditions

 

 

Últimos preparativos…

Este es el blog de un sueño. Un sueño que en pocos días se hará realidad.
Sólo de pensarlo se nos ponen los pelos de punta. Porque somos afortunados, no
todo el mundo cumple sus sueños; porque hemos sido valientes, hemos arriesgado
en contra de lo que se esperaba de nosotros.
No, no nos hemos casado, ni tenido hijos, ni comprado una casa, ni adoptado un
perro. Esto no es lo que se nos pasaba por la mente cuando pensábamos en
encontrar esa palabra mágica, FELICIDAD.

Nosotros vamos a buscarla (¡y a encontrarla!) de otra manera: viajando,
sintiéndonos libres, explorando zonas remotas, descubriendo lugares increíbles,
conociendo otras culturas, sorprendiéndonos con nuevos olores, nuevos sonidos…
Para empezar, hemos escogido África. Ni más, ni menos. Ese territorio
desconocido y emocionante.
Nos hemos comprado un viejo Land Cruiser, que hemos equipado y preparado
para cruzar de Norte a Sur el continente. Y en una semana nos ponemos en ruta…
¿Nos acompañas?