La extraña Mauritania

Tren SNIM

Aridez, hospitalidad, sorpresa.

Atravesar el Sáhara Occidental y entrar en Mauritania por carretera fue una especie de aventura apoteósica. Una vez cruzado el último de los cincuenta mil controles de Marruecos, nos encontramos con “No man’s land”, un territorio entre fronteras que no pertenece a nadie, a ningún país y en el que preferimos no pensar qué pasaría si el coche sufriera algún desperfecto justo en ese tramo. Son unos 2 km de pista sobre terreno de piedra y arena de unos 100 metros de ancho, donde nos cruzamos con algún coche y un camión que había contratado a un par de “guías buscavidas” para que le indicasen a pie, cómo y por dónde atravesar con el camión con el fin de que éste no volcase.  Para que os hagáis una idea del surrealismo del sitio, imaginaos el decorado de la escena: 40 grados con un sol radiante, la ya mencionada pista sobre piedra y arena del Sáhara, sus límites trazados mediante fitas de rocas y algún viejo neumático hecho añicos, decenas de esqueletos de vehículos varios, que allí se quedaron.. antiguos y nuevos, sin motor, sin asientos, algunos quemados, otros ya parcialmente comidos por la arena… y parte de terreno minado alrededor… Sería, sin lugar a dudas, el escenario perfecto para una película de Mad Max.
Cuando llegas a la aduana de Mauritania es cuando te das cuenta de que ahí empieza África. Es un lugar inhóspito, lleno de vende motos de turno, impacientes esperas en cada uno de los puestos policiales… Lo bueno es que, en cuanto ven Barcelona en el pasaporte, se les cambia la cara y empiezan a gritar Força Barça! O Messi, Messi! Es curioso lo que puede llegar a unir el fútbol y de qué manera agiliza y, en cierto modo, ameniza las esperas (menos mal que a los dos nos gusta el fútbol y somos MUY del Barça).
Ya sabíamos más o menos lo que nos podíamos encontrar en los pasos fronterizos, pero nos fue genial seguir los consejillos de bonobos on route!! Que tienen toda la info de la ruta súper completa y detallada. ¡Gracias chicos!

Ya en territorio Mauritano, nuestra idea era cruzar el país en 3-4 días y llegar pronto a Mali. A 40 km de la frontera, en una península partida entre Sahara Occidental y Mauritania, existe un  lugar llamado Nuadibú donde Pep, un expatriado catalán del que nos habían hablado mucho, tiene un restaurante de comida mediterránea desde hace unos 10 años (y viviendo en África un total de 25, ¡realmente un superviviente!) . Y pusimos rumbo a ese lugar un poco (¡un mucho!) picados por la curiosidad de conocerle.
Durante esos 40 km, el desierto se comía el asfalto y una excavadora intentaba mantener los límites de los que la naturaleza no entiende.
La primera sensación que tuvimos de Nuadibú, fue la de aridez extrema. Calor, mucho calor, sequedad absoluta y prácticamente nada de vegetación; las normas de circulación allí dejaban de existir, los coches giraban donde les apetecía y sin orden alguno. Vacas, cabras, burros en el asfalto a veces rumiando un trozo de trapo entre los escombros… sinceramente, nos sentimos desolados…Pero al llegar al Nómada, que es el nombre con el que ha bautizado el restaurante, bajo descripción de “cuina mediterrània”, nos encontramos a Pep, que, al momento, nos ofreció ¡una birra! ¿Cómo? En República Islámica de Mauritania? Y de golpe, nos sentimos un poquito mejor. No solo por la cerveza, sino porque nos preparó una mariscada increíble (con pescado y marisco de primerísima calidad) y nos puso el partido del Barça en la TV… Casi como en casa 🙂
Pep nos recibió con los brazos abiertos, de una manera inesperada, nos acogió en su casa, con su familia, y nos preparó una habitación para que estuviéramos cómodos durante los días que pasamos en Nuadibú. Nosotros, encantados de la vida, nos adaptamos por completo a su rutina diaria: fuimos al mercado a comprar carne, escoger las verduras y las frutas, al chino Hong Kong a comprar bebida… Hubo tiempo también para hacer algo de turismo por la zona, así que nos llevó a visitar el puerto artesanal o al club de pesca donde hicimos la minuciosa ceremonia de los 3 tés mauritanos, que consiste en un primer té más amargo “como la vida”, un segundo té “dulce como el amor” y el tercero y último “suave como la muerte”


Nómada es, además, un punto de reunión de trabajadores extranjeros y nativos, mauritanos, canarios, gallegos, saharauis, marroquíes, malienses, turcos… pescadores, capitanes de barco, montadores de frigoríficos industriales, guardias civiles, y algunos pocos viajeros que, como nosotros, trazaban la Transafricana, o estaban de paso para llegar a Senegal o Gambia… Tuvimos la suerte que, por unos días, la Armada Naval Española amarró para hacer un descanso en el puerto de Nuadibú. Llegaron al Nómada también un poco por casualidad y acabamos compartiendo un par de tardes improvisadas de aventuras! Entre ellas la de ir a Cap Blanc, situado en la punta de la península, y visitar su playa y su faro. Para llegar allí hay que atravesar una zona de desierto, cruzar la vía del tren de hierro (dicen el más largo del mundo) y buscar el camino que el desierto borra día sí, día también. A pesar que uno de los coches se quedó encallado en la arena en más de una ocasión, ¡valió mucho la pena!
Pasados unos doce días y con gran pena sobre nosotros, decidimos proseguir con nuestra ruta hacia el sur de África y dejamos a Pep, familia y amigos para ir hacia Nuakchot, la capital del país.
No fuimos directamente allí, sino que hicimos parada previa en el Parc Nacional de Banc d’Arguin, una bonita reserva de aves, algunas de ellas migratorias, que usan el parque como descanso en sus travesías África-Europa.
Para llegar a la zona donde queríamos dormir, teníamos que atravesar literalmente el desierto, así que ubicamos el camping en el GPS, nos cargamos de provisiones de gasoil, agua y comida y nos pusimos en marcha. La verdad es que hubo momentos de todo, porque no hay absolutamente ninguna indicación, ni cartel, ni fita, que señale el camino. Simplemente el GPS marcando los puntos cardinales y nuestra intuición. Conseguir llegar al campamento antes de que anocheciera fue realmente un subidón! Esa noche dormimos taaaan bien en nuestra tienda en frente del mar!!! 🙂
(Con esta imagen os haréis una idea de lo que os hablamos. Habían algunas trazas de vehículos, que al principio intentamos seguir, pero más adelante se separaban, se juntaban, desaparecían y reaparecían…¡Una locura!).

A la mañana siguiente, nos desperezamos bien y continuamos el camino por la costa. Nos sorprendió positivamente, tenemos que confesar. Encontramos pueblecitos de pescadores con gente súper amable y simpática. Estuvimos un rato con un grupito que estaban tocando una especie de guitarra hecha con una sola cuerda, muy curiosa. Intentamos tocarla como ellos, pero el resultado fue realmente bochornoso… :). Nos reímos, eso sí.
De vuelta a la ruta, volvimos a encontrarnos en la misma situación que cuando vinimos… ni rastro de pista. Tiramos de GPS y de intuición, otra vez, y nos plantamos en medio de unas dunas enormes, que se suponía que teníamos que cruzar para llegar a la carretera principal… Menudo lío! Por suerte, encontramos un camino alternativo, un poco menos difícil, que nos dejó en el asfalto de nuevo en dirección a la ciudad.

 

De Nuakchot poco podemos contaros. Ya sabéis que escapamos del bullicio de las capitales, pero podemos confirmaros que la impresión que tuvimos no fue especialmente buena. Vimos mucha, mucha miseria. Mucha gente pidiendo en los semáforos, personas que llegaron a la gran ciudad en busca de una oportunidad pero no la consiguieron, demasiadas miradas desconfiadas… no nos sentimos del todo cómodos. Coincidimos, eso es cierto, con un chico catalán y su mujer belga que nos abrieron las puertas de su casa y nos dieron un par de consejitos. Buena gente con la que compartimos una paella en el Instituto Francés (regentado por otro catalán, Toni, también un superviviente) y donde conocimos a un chico Gallego que vivía allí desde hacía un tiempo por temas de trabajo. Eso a la hora de comer, y a la de cenar, compartimos mesa con otro chico español con el que tuvimos una buena charla y resultó que había conocido en Senegal a unos catalanes que nos encontramos en Nuadibú unos días antes. Divertidas casualidades.
Como solemos hacer en todas las ciudades o pueblos de mar, aprovechamos la oportunidad para ir a conocer el puerto pesquero, y no nos defraudó en absoluto. Llegamos sobre las 17h de la tarde y el trajín era frenético. Barcas que llegaban cargadas con la pesca del día, chicos descargando el género y cargándolo en viejos pick-ups corroídos del agua de mar, burros hasta arriba corriendo de un lado a otro, gente en el suelo rezando, mujeres cocinando allí en medio del caos, chicos recogiendo el pescado que se caía de las cestas, hombres despellejándolo y cortándolo a cachos en el mercado, compradores de pescado …todo abarrotado de gente y más gente.

Salimos de Nuakchot para dirigirnos al último pueblo Mauritano antes de llegar a la frontera con Mali. Allí descansaríamos  con la intención de madrugar al día siguiente e intentar llegar a Bamako en el mismo día. La carretera que une Nuakchot con Ayún el Atrous es mala, con agujeros, baches, arena… lo que veníamos viendo hasta ahora, vaya. Pero algo nos impactó muchísimo: el olor pestilente que nos perseguía durante el camino. A ambos lados de la carretera yacían cadáveres de ganado y camellos que habían sido atropellados por alguno de los pesados camiones que circulan a diario por esa carretera. Era un olor insoportable.

Nos quedamos con las ganas de explorar más a fondo la zona de Ayún el Atrous; encontramos allí una zona de mesetas que bien merecían ser visitadas. Lástima que el tiempo apremiaba para llegar a Mali.

Quizás en otra ocasión, seguro que con Rift Valley Expeditions.

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