BURKINA FASO, EL GRAN DESCUBRIMIENTO


Nuestro paso por Burkina Faso fue corto, pero nos sentó de maravilla. Nosotros íbamos con prisa y no pudimos dedicarle todo el tiempo que se merece, pero los días que invertimos los disfrutamos mucho.
La gente es encantadora y su paisaje precioso, en más de una ocasión nos dejó con la boca abierta.

Si estáis pensando en pisar África por primera vez, éste un destino recomendable al 100%.

Aquí os dejamos nuestras mejores experiencias en Burkina Faso, un país que os aconsejamos mucho!

1. NIANSONGONI, EL LEGADO TROGLODITA

Cuando llegamos a Niansongoni, la gente se extrañó un poco al vernos. Al parecer, hacía algún tiempo que no recibían turistas. Niansongoni está tocando la frontera con Mali, los separan unos pocos kilómetros, quizá sea esa una de las razones por las que esta zona de Burkina ha quedado en cierta manera olvidada.

Precisamente de esto hablamos luego con el guía que nos acompañó en el trekking hasta los restos del antiguo poblado. Se mostraba preocupado porque los turistas habían dejado de visitarlos y ellos se habían tenido que buscar la vida en otros sectores, generalmente en el campo, para poder ganar algo de dinero. Esto pasa de forma recurrente en los últimos países que hemos visitado. Ahora mismo no pueden vivir del turismo; lo intentan, pero ni sus propios gobiernos mueven un dedo para su desarrollo.

Llegamos a la cima después de 45 minutos de caminata (y de charla). Nos acompañaron durante todo el camino unas vistas increíbles de la sabana del Sahel que bien merecieron más de un parón para admirarlas. Los restos del pueblo troglodita asomaban debajo de una enorme cornisa.
Las viviendas y las cuevas trogloditas están conservadas asombrosamente bien. Graneros y vasijas de barro perfectamente decorados por todos lados, restos de utensilios de cocina, piedras donde se machacaba el grano…
Estuvimos un buen rato recorriendo cada esquina e investigando cada rincón, metiendo la cabeza por las ventanas de los graneros y las “neveras”, imaginándonos cómo sería vivir allí arriba en aquella época…

El guía se reía con nuestras caras de sorpresa y lo mejor es que no parecía tener prisa por bajar. ¡Nosotros menos!

Éste fue el refugio de la etnia Wara, habitaron aquí para protegerse de las guerras tribales hasta 1980, año en que lo abandonaron para establecerse en la llanura.

Empezamos a bajar antes de que se hiciera noche cerrada. La bajada fue más rápida y llegamos justo antes de que cayera el tormentón.
Pasamos el rato charlando con el guía, con la gente del campamento y con un par de espontáneos del pueblo, que llevaban alguna cervecita de más encima, tratando de arreglar el mundo entre todos.
Esa noche también tuvimos la visita de una tarántula enorme y peluda que fue el centro de atención por un buen rato.  Estuvo correteando alrededor de nuestras mesas hasta que se cansó y se perdió en la oscuridad.


2. ALDEAS TRADICIONALES.

A la mañana siguiente, nos despertamos bien temprano y nos decidimos a explorar la zona. Recorrimos las aldeas de alrededor en las que gobernaban las casas de barro, y techos hechos de ramas, y disfrutamos de la hospitalidad de la gente.
Pudimos compartir la mañana con las mujeres, que molían el maíz mientras nos hablaban y se reían a carcajadas, con los hombres, que descansaban a la sombra (…), y jugar con las decenas de niños que aparecían por todos lados y que se escondían cada vez que sacabamos el drone a volar. Nos pareció una zona muy auténtica, muy acogedora.

mujer en bici

Mujer en bici, Burkina Faso.

 

Llegamos a una aldea vacía, sin una alma en la calle, tremendamente inusual en África. Algo pasaba. Aparecieron de la nada unas señoras, ataviadas con un montón de colores, que pronto nos rodearon. Estaban rebosantes de alegría, no paraban de pedirnos fotos y de reírse divertidas. Momentazo.
Resultó que, sin saberlo, estábamos asistiendo a una boda.
Nos pareció muy curioso ver lo diferente que era esta celebración de lo que estamos acostumbrados en casa. La novia se iba arrastrando triste, bajo un paraguas, rodeada por las mujeres del poblado. Nos contaron un par de versiones distintas que justificaban la cara agria de la futura esposa; nosotros creemos que, por desgracia, se trataba de uno de tantos matrimonios “forzados” que se estilan demasiado en las zonas más tradicionales de África.
Ajenas (o no) a la tristeza de la novia, el resto de mujeres saltaban, bailaban y cantaban contentas y felices por el enlace. Todas de punta en blanco, eso sí que es universal.

 

3. PAISAJES SINGULARES ENTRE CAÑA DE AZÚCAR Y BOSQUE TROPICAL

Sin duda, a nivel paisajístico, Burkina Faso estaba resultando diferente a lo que habíamos visto hasta el momento y nos estaba sorprendiendo para bien.
De camino a Banfora, entre bosques tropicales nos encontramos de repente con los Picos de Sindou. Una maravilla de esculturas rocosas, erosionadas por la naturaleza y el paso de los años. Nos quedamos un rato con la boca abierta admirando la peculiaridad de estas formas, que, salvando las distancias, nos recordaron a nuestra vecina Montserrat y nos entró un poquito de morriña…

 

En Banfora no estuvimos mucho tiempo, en sí la ciudad no tiene nada, pero encontramos un pequeño oasis llamado Hotel Canne a Sucre en el que nos relajamos y cogimos fuerzas para seguir el camino. Lo mejor, sin duda, fue descubrir cerca de allí un chiringuito en el que vendían bocadillos de aguacate y cebolla, una delicia que nos supo a gloria y nos hizo felices más de un día.
Desde Banfora se puede llegar al lago Tengrela y recorrerlo en barca, dicen que es una zona muy bonita, pero nosotros optamos por ir directamente a les Domes de Fabedogou, que nos venían de paso para llegar a Bobo Dioulasso.
Al llegar y salir del coche, nos vimos rodeados por un montón de curiosas formaciones de piedra caliza y flipamos. Tal cual.
Nuestra idea era acampar allí ya que es un sitio ideal para pasar la noche, pero el tiempo tampoco acompañaba mucho y, finalmente, decidimos seguir la ruta hasta Bobo.


4. BOBO DIOULASSO Y SU GENTE AMABLE

A nosotros cada vez nos van menos las grandes ciudades, así que no veréis un gran reportaje fotográfico de Bobo Dioulasso.
A pesar de que no es como Ouagadougou, al llegar ya notamos el barullo y la contaminación por todos lados.
Pero Bobo tiene un algo especial. Es cierto eso que dicen de que allí la música te envuelve, la escuchas y te la encuentras por todos lados.
Aprovechamos para ir a un concierto de un grupo local muy divertido en el centro cultural Les Bambous, consejo de un chico que conocimos en Le Zion (un alojamiento sencillito pero muy recomendable a las afueras del centro). Pasamos un muy buen rato y conocimos a un montón de expatriados, básicamente franceses, que estaban allí mayoritariamente en proyectos solidarios.
De camino al hostal, nos encontramos un montón de gente por la calle, unos cantando, otros tocando el balafón allí en medio y una chica bailando al son de la música como en estado de trance …  Muy curioso todo 🙂
La mezquita sudanesa, fabricada en adobe, también merece una visita, está bien entrar, recorrer sus pasillos y subir al tejado desde el cual tienes unas bonitas vistas del barrio viejo, que es bastante interesante. En sí toda la ciudad lo es, tiene un rollo distinto. Debe de ser por la música.


5. TRADICIONES QUE NO SE PIERDEN. FUNERAL Y MÁSCARAS SAGRADAS

Otra de las experiencias que nos encantó de nuestra fugaz visita a Burkina fue la oportunidad de asistir a un funeral en un pueblito al interior del país. Más bien era una celebración, ya que se dice que la muerte de un anciano forma parte de la propia vida, una etapa más, y que no vale estar triste por ello. Había que estar alegre y rememorar el paso de esta persona por la vida.
Así que nos contagiamos de la alegría y nos animamos a celebrar la vida de los ancianos que se habían marchado recientemente.
Era un día especial, todo el mundo se vestía con sus mejores galas y las mujeres repartían la comida, que llevaban cocinando desde primera hora del a mañana, entre todos los asistentes mientras aguardaban la llegada de las máscaras.
Compartimos comida con los jóvenes de la aldea, y cada vez que veían el plato vacío, nos lo rellenaban con más. Creo que comimos unas 5 veces por apuro a decir que estábamos llenos.

 

Cuando llegó la hora, todos se reunieron en círculo debajo del gran árbol del pueblo y empezaron a jalear y a dar palmas ante la aparición de las máscaras.

Cómo explicarlo. Fue muy emocionante ver ese espectáculo tan auténtico. Vimos la ilusión y la fe en las caras de esa gente, que admiraban, respetaban y adoraban a las máscaras como algo sagrado.

Había unas 17 personas corriendo en medio del círculo, ataviadas con unos estrambóticos trajes hechos como de paja y una máscara que representaba un animal. Todos bailaban acorde al animal que vestían. Unos bailes rudos, alocados, enérgicos que, decían, conseguían ahuyentar a los malos espíritus.

No pudimos hacer muchas fotos de la ceremonia ya que era un momento muy íntimo para ellos, pero os podemos decir que fue brutal, mágico. Toda una suerte haberlo podido presenciar y, sobretodo, haberlo hecho en este entorno tan “familiar”.

Ceremonia con Máscaras en una aldea de Burkina Faso

Ceremonia con Máscaras en una aldea de Burkina Faso

 

6. PÔ, TIEBELÉ Y EL ARTE EN LAS CASAS

De camino a Tiebelé, hicimos parada técnica en Pô, una pequeña ciudad al sur de la capital burkinabé que en sí no tiene nada de nada. Bueno sí, tiene algo muy especial (en realidad todo el país) su gente. Nos alojamos en un pequeño (no sé si llamarlo) hostal también a las afueras del “centro”. Dejamos el coche y salimos a dar una vuelta de reconocimiento.
Justo saliendo del alojamiento había una pandilla de niños jugando a pelota en un campo de fútbol improvisado, entre pollos y gallinas y montones de basura alrededor. Pararon al vernos y se meaban de la risa a nuestra costa, pero luego se acercaron y pudimos pasar un rato divertido con ellos.
Y, ya se sabe, después del deporte, toca echar la cervecita… Seguimos caminando y nos encontramos otro barullo de gente un tanto “alegre” gritando y riéndose por la calle. Al vernos, empezaron a saludarnos eufóricos y nos invitaron a unirnos a ellos. Resultó ser el “bar” del barrio, pa’ no perdérselo!
Y fue allí dónde nos ofrecieron la mejor cerveza de mijo y miel que habíamos probado hasta el momento. Servidas en recipientes hechos de calabazas y con alguna mosca revoloteando, pero sabrosa y dulce como ninguna.
Esa fue una gran tarde.

 

El pequeño pueblo de Tiebelé es territorio de los Kassena, una de las etnias del grupo Gurunsi, de las más antiguas de Burkina Faso.
Todo él es una obra de arte. Las casas están hechas de adobe y sus fachadas son decoradas a mano por las mujeres de la comunidad. Preciosas de verdad.
Cada casa es distinta, cuanto más importante es la familia, más decorada está la fachada, menos ventanas tiene y más pequeña es la puerta de acceso. Se dice que de esta manera se le otorga mayor protección a la familia que la habita…
De nuevo éramos los únicos turistas, así que recorrimos sus callejuelas laberínticas de la mano de nuestro guía, en la más completa intimidad.
La visita merece la pena, el guía local nos enseñó todos los rincones, nos explicó el significado de los símbolos de las paredes y nos dejó tiempo para hacer fotos sin prisas, nos invitó a entrar en su casa e incluso nos propuso quedarnos a dormir allí con la tienda de campaña en el tejado… Pues no era mal plan…

Rift Valley-Expeditions

 

 

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