LOS KAMBERI, LA TRIBU OLVIDADA DE NIGERIA

Mujer Kamberi, Nigeria

Nos gustaría hablaros de la experiencia que tuvimos con una tribu casi olvidada en Nigeria, los Kamberi.
Poco se sabe de ellos, o poca información teníamos nosotros, pero nos atraía mucho poder conocerlos de cerca y compartir con ellos un poco de su día a día.
Las carreteras de Nigeria para llegar al norte no eran nada agradecidas. Estaban mal pavimentadas, polvorientas, con agujeros y baches por todos lados, llenas de gente, vacas cruzando, motos cargadas con tantas sillas que sobre pasaban diez palmos la cabeza del conductor, autobuses atestados aprovechando todos los recovecos libres y, lo que era peor, camiones cisterna a toda prisa en todas direcciones (incluso en contra)…. Vamos, lo que es habitual en algunas partes de  África…
Nos explicaba Shuaib que los camioneros en Nigeria tenían mucha presión ya que cobran por entrega. Las distancias en el país son enormes y eso les “obliga” a tener que hacer trayectos larguísimos en el menor tiempo posible… Arriesgado para ellos y para los que se cruzan en su camino diariamente.

Concentrados al 200% en la carretera, vigilando los movimientos de personas, animales  y todo tipo de vehículos; encontramos unos chicos Fulani pastando con sus vacas y ovejas al lado de una carretera. Los Fulani son tradicionalmente un pueblo semi-nómada, de religión musulmana (en su mayoría) y se dedican básicamente al ganado, aunque durante la estación húmeda también cultivan el cereal.
A nosotros personalmente nos encantan, tienen unas facciones preciosas, caucásicas y son muy simpáticos. Ya habíamos tenido la oportunidad de pasar un rato con una familia de esta etnia en Mauritania y en Burkina Faso, pero teníamos ganas de volverlos a ver.
Montados en sus burros e incluso a pie, consiguen organizar a centenares de animales sin dejar de estar pendientes, eso sí, de sus teléfonos móviles. Podemos decir que no han sucumbido del todo a la evolución tecnológica pero sí que han adaptado ciertos avances a su rutina diaria.

Continuamos nuestra ruta hasta Warari, a 60 kilómetros de Kontagora, donde se encuentran algunas aldeas tradicionales Kamberi y el lugar donde íbamos pensábamos acampar y pasar noche.

Estábamos reventados del viaje, acalorados y con mucho dolor de cabeza, pero al llegar se nos pasó todo de golpe. Estaban todos los habitantes de la aldea sentados en el suelo a la sombra de un gran árbol. Las mujeres, semidesnudas y tatuadas de arriba a abajo, se escondían tímidas. Los niños revoloteaban divertidos y curiosos alrededor del coche y los hombres yacían encima de sus esterillas bebiendo cerveza tradicional en cuencos de calabaza.


Justo ese día había mercado unas aldeas más lejos y unos chicos se ofrecieron a llevarnos en sus motos chinas (ya hablaremos de esto más adelante). Sin pensarlo dos veces, subimos cada uno en una moto y nos pusimos en marcha. ¡Qué gran experiencia! Nos adentramos de lleno en el territorio Kamberi, atravesamos aldeas con casas de barro y paja, nos cruzamos con mujeres prácticamente desnudas sujetando gran cantidad de leña sobre la cabeza, hombres mayores vestidos con túnicas de colores ayudándose de un palo para caminar, ancianas con la parte de arriba del cuerpo descubierta adornadas con collares de mil colores diferentes… Fue un viaje al centro mismo de su cultura, de sus costumbres, de su vida cotidiana… Simplemente fantástico.
Llegamos en la moto al mercado ante la atenta mirada de todos los lugareños. Primero, teníamos que ir a presentarnos al Rey de la tribu y a darle las gracias por dejarnos pasar un rato con ellos. Él no estaba en ese preciso instante, pero su mujer nos dio su bendición y pudimos, entonces, proseguir con nuestra visita.
Sabes que estás haciendo algo único o poco convencional cuando todo el mundo te rodea y te mira analizando cada parte de tu ser. Éramos realmente el centro de atención en ese día de mercado. De nuevo, los niños se asustaban al vernos. Echaban a correr atemorizados. Pero no sólo los niños, algún adulto también lo hacía. Otros te tocaban la piel, el pelo, la ropa o nos hacían fotos a escondidas. Los más valientes se acercaban y nos hablaban en su idioma, cosa que provocaba las risas de todos al no entender ni un ápice de lo que nos estaban diciendo.
En el mercado se vendían cacahuetes, hortalizas y cereales de su propia cosecha bajo los puestos hecho de cañas y paja.
Sacamos el dron para poder tener alguna toma aérea y causamos la revolución en la zona. Una masa de gente nos envolvió de repente, unos pegados a los otros, consumiendo todo el aire que se podía respirar… Suerte que alguna alma comprensiva adivinó nuestra cara de agobio y empezó a organizar a la gente y devolvernos un poco de nuestro espacio vital.
Nos despedimos de todos después de un buen rato compartiendo risas, fotos e intentonas de hacernos entender.


Conseguimos llegar a “nuestra” aldea vivos, a pesar de que el trayecto en moto suponía pasar por encima de un río seco repleto de rocas, subidas y bajadas empinadas.

Y allí seguían distendidos nuestros anfitriones. Las mujeres se pusieron a machacar grano y a preparar la cena de esa noche y nosotros decidimos que era buen momento para sacar una de las 18 pelotas que llevábamos con nosotros desde Barcelona para regalar en las escuelas o aldeas que fuéramos visitando por el camino.
Qué contentos se pusieron, ¡qué alegría más grande! Sacamos el balón y los niños (y no tan niños) empezaron a saltar y a correr y a gritar… fue un momento inolvidable! Se volvieron como locos con la pelota y, en un momento, se organizaron en equipos y se pusieron a jugar un partido. Allí en medio, en un tris tras. Los mayores seguían con su cerveza y las mujeres y niñas continuaban allí sentadas, ya un poco más relajadas.
Así que nos sentamos con ellos, debajo de ese enorme árbol, disfrutando de su compañía y tratando de grabar en nuestra mente todo lo que estábamos presenciando.
Los Kamberi son un grupo fascinante. Al menos a nosotros nos lo parece. Ellos también, pero sobre todo ellas. Ellas (y no sólo las mujeres Kamberi) se merecen un artículo especial en el blog, y lo tendrán.
Es una de las etnias más desconocidas y a la vez más auténticas. Mantienen orgullosos su tradición ajenos a la modernidad y al resto de la sociedad. Ellos se administran, se organizan y se abastecen solos. Los gobiernos únicamente se acuerdan de ellos en época de elecciones para tratar de rascar algún voto (aunque esto no sólo pasa en África, por desgracia) y algunos grupos misioneros han intentado convertirles a alguna religión sin éxito. No tienen prácticamente acceso a la educación y la sanidad, si la hay, es realmente pobre.
Siguen manteniendo la tradición de casarse de bien pequeños y, en muchos casos, matrimonios concertados incluso antes de nacer. Algo muy difícil de comprender en nuestra cultura, pero que ellos viven de forma natural. Al igual que lo de ir semi-desnudos. Forma parte de su identidad, no necesitan nada más, dicen, y seguirá siendo de esta manera.


El arte de hacerse tatuajes en la piel es una práctica muy antigua en África, no sólo en los Kamberi. Hay diferentes hipótesis en relación a los motivos por los que se hacen estos tatuajes o marcas (a veces ya desde recién nacidos). Algunos dicen que las marcas en la cara sirven para identificar a las personas que nacen y su linaje (para definir al grupo étnico al que pertenecen) o estatus social, mientras que otros afirman que se hacen para prevenir enfermedades. La práctica de la decoración en la piel, sin embargo, está directamente relacionado con los cánones de belleza, sobretodo en las mujeres. Una mujer sin tatuajes ni marcas no resulta atractiva ni bella.
Cabe también destacar la técnica para elaborar estos tatuajes. Más que la técnica, los materiales usados para ello, que, sin duda, nada tienen que ver con los utilizados en la sociedad occidental. Aquí no hay agujas esterilizadas, utilizan cualquier objeto cortante que esté a su alcance: cuchillas de afeitar, culos de botellas rotas, cuchillos… hacen el corte y posteriormente lo cubren con grasa animal, oyin o aceite vegetal para ayudar a la cicatrización de la herida. Tuvimos la oportunidad de ver cómo lo hacían en un viaje anterior a Etiopía, y realmente pone los pelos de punta.
Empezó a oscurecer y, ante la falta de luz, comenzaron a encenderse las primeras hogueras y a reconocerse los primeros olores a comida.
Esa noche intercambiamos espagueti por una especie de guiso a base de alubias y maíz hecho a la manera tradicional por las mujeres de la aldea.


Ahora, visto desde la distancia, nos arrepentimos de no haber pasado más tiempo con ellos.
Sin duda, ha sido una de las experiencias más intensas y alucinantes del viaje, y merece ser saboreada con calma.

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