En la niebla espesa de GABÓN

GABÓN PARTE I. RETENIDOS EN LA FRONTERA

Gabón nos dio la bienvenida bajo la espesa y tupida niebla.
Será porque el tiempo se confabuló con nuestro estado de ánimo.

10 fueron las horas que nos tuvieron retenidos en la frontera. ¡10!
Y porque se alinearon los astros a nuestro favor y el agente aduanero ya no tenía más excusas para no dejarnos entrar a su país, que sino tenemos que pasar la noche en tierra de nadie, entre Camerún y Gabón.

10 horas dan para mucho.

Por ejemplo para un cambio de guardia. Algo muy curioso que nos regaló ese día ya que, cuando esto sucede, todo el mundo tiene que dejar lo que está haciendo y mantenerse quieto. Inmóvil. Lo observamos sobre todo en una chica que estaba pasando la frontera. Había dejado el lado gabonés y, ya al otro lado de la barrera, tuvo que dejar su paso a medio hacer y se quedó a pata coja esperando al cambio de turno. Raro.

A Víctor, que, después de un buen rato de espera mataba el tiempo haciendo fotos al río que discurre por la zona, le llamaron la atención y le pidieron bajar la cámara hasta que se reanudara el turno de guardia.

En fin…

Pero eso no fue lo que más nos sorprendió ese día.
Sentados pacientemente delante de la mesa del agente, con su AK47 apoyada junto a ella, reparamos en las personas que entraban y salían de la oficina.
Todos eran locales de ambos países y cada uno de ellos, entraran o marcharan de Gabón, pasaban por la mesa de este individuo.
Veíamos en sus caras una expresión de miedo, de temor nos atreveríamos a decir. Respetaban una distancia prudencial con el policía mientras éste les hablaba (de muy malas maneras) y, entonces depositaban un billete encima de la mesa y retiraban la mano con rapidez.
El  policía, que sostenía los documentos de la persona en la mano, revisaba el dinero y si lo veía suficiente, se los devolvía. Si no, sin ni siquiera mirarles,  los retenía en la mano hasta que soltaban más billetes.
Y así uno tras otro.
Creo que se podía leer en nuestra cara el sentimiento de rechazo ante esa situación. Ver a esas pobres personas tener que claudicar de esa manera, agachar la cabeza ante tal abuso de poder nos hizo hervir la sangre.
Hay demasiadas cosas en este viaje por el continente africano que no logramos entender, por mucho que lo intentemos.
Quizá por eso, o porque se nos estaba agotando la paciencia y ya no éramos tan simpáticos con el policía, éste decidió que ya estaba harto de nosotros y nos echó de su oficina.
Una auténtica jugarreta porque fuera hacía un calor de narices y en la oficina había aire acondicionado. Pero mejor eso que verle la cara de malo a ese tipo.

Por desgracia, hemos vivido este tipo de situaciones demasiado a menudo durante la travesía por África. Es una pena, pero es como funcionan aquí las cosas.
El policía ahoga al negro hasta que no pueda más ignorando sus dificultades y estira del blanco para que desespere, saque la cartera y solucione su día.

Aquí el recurso fácil es pagar y tirar, pero nosotros no hemos querido hacerlo. No hemos sobornado a ningún agente ni regalado ningún billete a nadie.
Lo teníamos claro desde el principio pero no ha sido para nada fácil.
Alguna de las veces esto ha supuesto perder la paciencia o incluso querer ceder debido a la impotencia. Por suerte, en estos casos siempre hay uno de los dos que está más fuerte en ese momento y cuando uno está a punto de tirar la toalla el otro se carga con el peso de la situación. 

Ya lo hemos dicho en más de una ocasión, un viaje de estas características te pone al límite tanto a tí personalmente como a la relación de pareja. Hemos tenido que respirar, mantener silencio durante horas, tragarnos el orgullo, llorar y abrazarnos mucho durante el camino. Pero nos ha hecho más fuertes. 

La frontera cerraba a las 18 y eran ya las 17:30. Ahora ya sí que nos costaba contener los nervios, habíamos aguantado demasiado.
Así que volvimos a entrar, pese a sus advertencias y exigimos que nos abriera la barrera de una vez por todas puesto que lo teníamos todo en regla y era absurdo alargar más la situación.
Amenazamos con llamar a la embajada si nos seguía reteniendo allí, pero él continuaba con la misma postura desafiante y altiva. Sin la llamada de su jefe no nos iba a dejar entrar.

Hubiera sido más fácil darnos la vuelta, volver a Camerún y enviar a Gabón a tomar por saco, pero ya era una cuestión de principios.
La tensión se palpaba en el ambiente cuando, por fin, a las 17:55, sonó el teléfono.

A regañadientes, el individuo nos hizo rellenar unos papeles y después nos dejó libres…

El último Edén, como llaman a Gabón, nos esperaba…

 

 

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